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¿La discapacidad también está en disputa?

Un conversatorio de CLACSO habla de resistencias latinoamericanas, pero ¿por qué sabemos tan poco?

Publicado: 2026-08-27

Llegué al Círculo de Saberes de CLACSO por un camino lateral. Mi amiga, la socióloga Anita Núñez Joyo, y yo habíamos conversado sobre preparar juntas una propuesta para la convocatoria El futuro en disputa. Yo todavía intentaba entender qué significaba exactamente aquello de la “disputa” y, sobre todo, desde dónde esperaba CLACSO que la miráramos. Anita me sugirió entonces escuchar el conversatorio sobre El Avance de las Derechas Latinoamericanas y las Resistencias desde las Comunidades con Discapacidad y Anticapacitistas. Podría ayudarme, me dijo, a sintonizar mejor con el sentido de la convocatoria.

La sorpresa fue descubrir que, mientras yo miraba con bastante preocupación el escenario político de nuestra región, en el conversatorio se hablaba también de resistencias. No solo de derechos amenazados, retrocesos o discursos cada vez más abiertamente capacitistas, sino de comunidades con discapacidad y anticapacitistas que, desde distintos lugares de América Latina, estaban intentando organizarse, construir alianzas y responder.

Confieso que la noticia me tomó desprevenida. Tal vez demasiado. Me considero una persona con discapacidad bastante conectada con los asuntos de la comunidad tanto a nivel nacional como internacional. Conozco organizaciones, activistas y esfuerzos sostenidos por defender derechos, pero hacía tiempo que mi percepción del momento era bastante menos alentadora: vemos venir el huaico, sabemos que puede arrasar la casa, advertimos sobre sus consecuencias, escribimos, protestamos, pero no siempre resulta claro que tengamos la fuerza colectiva necesaria para detenerlo. Y de pronto estaba escuchando a académicos, investigadores y activistas que conocen estos procesos hablar de resistencia. Tal vez estén viendo el vaso más lleno que yo, pero no tengo razones para desestimar lo que están contando.

Mi primera reacción no fue lanzarme a celebrar. Fue preguntar. ¿De qué resistencias estamos hablando? ¿Son movimientos con capacidad para incidir y disputar decisiones o experiencias pequeñas y todavía fragmentadas? ¿Cuánto de lo que se relataba representaba procesos colectivos más amplios y cuánto experiencias localizadas? Y, sobre todo, apareció una pregunta mucho más elemental: si todo esto está ocurriendo, ¿por qué sabemos tan poco?

Al volver sobre la transcripción, con más tiempo y pudiendo distinguir quién decía qué, entendí algo que durante el conversatorio había recibido de manera mucho más difusa: cuando hablaban de resistencias, no estaban hablando todos de lo mismo.

En Argentina encontré la forma de resistencia que me resultaba más fácil reconocer. María Esther Fernández habló de marchas, ollas populares y personas que salen a la calle frente al recorte de derechos y apoyos. Habló también de organizaciones piqueteras, sociales, barriales y juveniles que se articulan para reclamar. Esa resistencia tenía formas que me eran familiares: reunirse, ocupar el espacio público, protestar, hacer visible el conflicto y sumar fuerzas con otros movimientos. Allí no necesitaba preguntarme demasiado por qué llamarla resistencia: podía reconocerla.

Laura Cristina Velázquez Ríos, desde Colombia, me complicó un poco más las cosas. Su intervención me hizo preguntarme si acaso hemos aprendido a reconocer la resistencia solo cuando adopta determinadas formas: la marcha, el cuerpo erguido, el megáfono, el grito en la calle. Ella cuestiona precisamente ese modelo casi heroico del activista y propone pensar también en otros escenarios para la protesta. Habla de “madrigueras”, de luchas más subrepticias y de formas de hacer fuerza que no exijan a todos los cuerpos resistir de la misma manera. La calle sigue estando allí —ella misma aclara que también importa—, pero deja de ser el único lugar desde el cual podemos imaginar la resistencia. Y Laura no habla solamente en abstracto: es cocreadora de Casa Puentes, una escuela para “cuerpas incómodas” desde la que desarrollan procesos de formación y acompañamiento en temas y experiencias de discapacidad.

Jaime Ramírez Fuentes, desde Chile, terminó de complicar el cuadro. Recordó que el movimiento de personas con discapacidad participó activamente en la revuelta y en el proceso constituyente chileno, incluso formulando propuestas que llegaron al proyecto de nueva Constitución. Pero ese proceso fracasó y aquellas propuestas no prosperaron. Y cuando Jaime habla del presente, su diagnóstico está lejos de ser triunfalista: describe un movimiento debilitado, sostenido durante años por pocas personas que hoy cargan con el cansancio y el desgaste. Jaime sigue defendiendo la necesidad de estar en la calle —“poner la silla, poner el bastón”—, pero reconoce también que no se puede exigir lo mismo a quien está cansado, desesperanzado o ni siquiera cuenta con las condiciones materiales para salir. Desde ese escenario plantea la necesidad de construir un frente común de la discapacidad a nivel regional. No habla, por tanto, de una articulación latinoamericana que ya exista y esté funcionando: habla de algo que necesitamos construir.

Después de escucharlos —y de releerlos—, mi pregunta cambió un poco. Sí, había resistencias, pero no una sola resistencia ni una historia latinoamericana que pudiera contarse en singular. Había movilización y calle; había también prácticas menos visibles que obligaban a ampliar nuestra manera de reconocer la protesta; y había lucha, derrota, cansancio y necesidad de volver a articularse. Quizá mi sorpresa inicial había metido demasiadas cosas dentro de una sola palabra.

Tal vez aquí empecé a entender mejor aquella palabra de la convocatoria de CLACSO que al principio me costaba tanto: disputa. Había supuesto, quizá sin darme cuenta, que para hablar de un futuro “en disputa” tenían que existir fuerzas más o menos equivalentes tirando de él en direcciones contrarias. Pero lo que encontré en el conversatorio era bastante menos épico y bastante más desigual. Disputar no necesariamente significa estar ganando. Ni siquiera significa tener fuerza suficiente para impedir una derrota. Puede significar defender derechos que ya creíamos conquistados, intentar reconstruir una organización agotada, buscar alianzas o ensayar otras maneras de resistir cuando las conocidas ya no alcanzan.

Eso no significa que haya salido del conversatorio mucho más optimista de lo que entré. Sigo sin saber si estas resistencias alcanzan para modificar el rumbo de lo que viene. Pero algo sí cambió: ya no podía pensar que estábamos solamente mirando venir el huaico. En distintos lugares hay personas organizándose, protestando, acompañándose, ensayando otras formas de acción y tratando de reconstruir fuerzas después de las derrotas. No sé si eso alcanza para disputar el futuro. Pero ya me parece difícil sostener que no hay nadie disputándolo.

Y entonces regresé a la pregunta que me había acompañado desde el principio: ¿por qué las comunidades con discapacidad de nuestros países sabemos tan poco unas de otras? Porque el problema ya no era si existían resistencias. Había encontrado algunas. El problema era cómo podía ser que experiencias, discusiones y formas de organización que están ocurriendo en nuestra propia región circularan tan poco entre quienes compartimos muchas de las amenazas que les dieron origen.

Y lo más desconcertante es que esta información no estaba escondida. El conversatorio era público y yo sigo habitualmente las redes, boletines y novedades de CLACSO. Sin embargo, llegué a él porque Anita me lo compartió, pensando que podía ayudarme a entender mejor una discusión en la que estábamos intentando entrar. Es decir, la información existía y yo estaba conectada con quien la producía; aun así, hizo falta un puente. Y quizá allí haya una pista: producimos experiencias, debates y conocimientos, pero no siempre conseguimos que circulen más allá de los espacios, redes o países en los que fueron producidos.

Quizá una parte de la disputa que tenemos por delante consista también en construir esos puentes. No para convencernos de que somos más fuertes de lo que realmente somos, sino para saber qué están intentando otros, qué les está funcionando, dónde están perdiendo y qué podríamos aprender unas comunidades de otras. Después de todo, resulta bastante difícil construir una resistencia latinoamericana si ni siquiera sabemos dónde están resistiendo los demás.


Escrito por

Esperanza Villafuerte

Especialista en políticas de inclusión, género y discapacidad. Escribo sobre derechos, política, libros y cuestiones que plantean preguntas.


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Discapacidad y derechos humanos: agendas postergadas, preguntas y retos pendientes para que la inclusión deje de ser una buena intención.